La Mansión de Maru

Una noche, durante un cumpleaños, nos sacamos una foto grupal. Tiempo después alguien la mandó a imprimir y fue entonces cuando lo vimos. En el fondo, detrás de todos los que habíamos posado, aparecía la cara de un hombre. Estaba borrosa, apenas desenfocada, pero era inconfundible. Nadie recordaba que hubiera estado ahí.

Desde ese día, algo cambió, la casa de Maru ya no volvió a ser la misma.

Maru es una de mis mejores amigas. Nos conocemos desde hace más de veinte años. Yo tenía once; ella, catorce.
De todas las amigas de mi hermana, Maru siempre fue la más amable conmigo. De esas personas que dejan todo de lado para ayudar a alguien. La que organiza, escucha, acompaña y termina malcriándonos a todas.
Desde chicas nos encantaba ir a su casa. La habíamos bautizado "Mansión Varilejos". Tenía pileta, jardín y un quincho enorme, así que casi todas las previas, cumpleaños y reuniones terminaban haciéndose ahí.Para nosotras era de las mejores.

Pero la casa tenía una fama difícil de explicar. Se decía que había algo ahí. Nadie sabía exactamente qué. No era una historia puntual ni una leyenda familiar. Era más bien una sensación compartida. Una incomodidad que aparecía apenas cruzabas la puerta.

Maru contaba que por las noches escuchaba ruidos en distintos sectores de la casa. Algunas empleadas domésticas duraban apenas unas semanas antes de renunciar sin dar demasiadas explicaciones. Con los años aprendimos a convivir con esa idea. O al menos a fingir que no nos importaba. Yo seguía evitando quedarme a dormir. Y cuando iba a visitarla, jamás me alejaba demasiado de los demás. Si tenía que ir al baño, volvía casi corriendo. Era una costumbre que nunca terminé de perder.

 Una tarde recibí un llamado de Maru. Fede estaba enfermo y, como buena madrina, fui a visitarlos. Estaban solos en la casa. Los padres de Maru habían salido de viaje unos días y ella llevaba toda la mañana cuidando al nene. Como la fiebre no bajaba, me pidió si podía quedarme con él mientras iba a la farmacia a comprar el remedio. Me ofrecí a ir yo, pero insistió.

—Tengo que comprar un par de cosas más. Bancame media hora, voy y vuelvo.

¿Qué podía pasar? Hacía años que no escuchaba ninguna historia rara sobre la casa y, para ser sincera, ya no le tenía miedo. Nos quedamos mirando una serie en la habitación de Fede. La puerta estaba abierta y daba al largo pasillo que atravesaba la casa. Escuché a Maru despedirse y cerrar la puerta de entrada.
Pasaron apenas unos minutos.
Entonces algo cruzó el pasillo.

Fue rápido. Tan rápido que al principio pensé que había sido una sombra proyectada por la televisión. Ni siquiera reaccioné.

Hasta que Fede habló.

—Madrina... ¿viste eso?

—¿Qué cosa?

—La persona que pasó corriendo.

Me quedé helada. No sabía qué responder ni qué hacer.
El sonido del celular me sobresaltó. No había pasado ni un minuto. Era un mensaje de Maru.
La farmacia de la esquina estaba cerrada. Iba a probar suerte en otra que quedaba más lejos y me pedía, de paso, que cerrara la ventana del jardín porque parecía que estaba por largarse a llover. Fede seguía mirando la televisión como si nada hubiera pasado.

Yo no.

El ambiente empezó a oscurecerse y las primeras nubes cubrieron la poca luz que entraba por las ventanas.
¿Qué era lo que habíamos visto? No podía admitir delante de Fede que su madrina, con más de treinta años, estaba asustada. Me levanté de la cama, sentada ahí no podía pensar.
De reojo observaba el pasillo. Después la ventana que daba al jardín. Después volvía a mirar el pasillo.
Las primeras gotas empezaron a golpear los vidrios. Lo que menos me preocupaba era cerrar esa ventana. Lo único que quería era que pasaran rápido esos treinta minutos y que Maru volviera.
Empecé a caminar de un lado a otro. Y en una de esas vueltas, me choqué con Fede. Había aparecido a mi lado sin que me diera cuenta.
Pegué un salto y solté una puteada. Esta vez en voz alta.

  • —Madrina, eso no se dice.

  • —¿Qué?

  • —Las malas palabras. Y tampoco tenés que tener miedo.

  • —¿Fede, qué hacés? No podés aparecer así y asustarme.

  • —Yo no fui. — Señaló hacia el pasillo —Fue él.

No tenía cara de estar asustado. Ni siquiera parecía preocupado.
Yo ni me atreví a mirar.

  • —¿Qué estás señalando?

  • —¿Mamá nunca te contó?

  • —¿Contarme qué?

  • —Lo que vemos, a veces.

Sentí un escalofrío.

  • —¿Qué decís? No ven nada. ¿Por qué inventas esas cosas?

  • —Yo no invento, madrina.

Lo dijo con una naturalidad que me puso más nerviosa que cualquier otra cosa.

  • —A veces yo también tengo miedo.

  • —¿Miedo de qué?

  • —De ellos.

  • —¿Ellos quiénes?

Fede se encogió de hombros.

  • —Los que aparecen.

Por un instante recordé la foto del cumpleaños. La cara borrosa de aquel hombre detrás de todos nosotros.  La foto que durante años había quedado guardada en un cajón y de la que nadie volvió a hablar.

  • —¿Y el de hoy? —pregunté intentando sonar tranquila.

  • —Al de hoy no lo conocía.

Sentí que algo se me cerraba en el pecho.

  • —¿Cómo que no lo conocías?

  • —Porque nunca lo había visto.

  • —¿Y viste a otros?

Me miró como si la respuesta fuera obvia.

  • —Sí.

  • —¿Y este era distinto?

Fede volvió a señalar el pasillo.

  • —No lo vi bien. —Se quedó pensando unos segundos —Pero se parecía al de la foto.

El corazón empezó a golpearme con fuerza.

  • —¿Qué foto?

  • —La del cumpleaños.

No respondió nada más. Volvió a sentarse en la cama.

  • —Basta, Fede. Voy a llamar a tu mamá. No me gusta que digas estas cosas.

  • —Bueno.

Se acomodó entre las almohadas y volvió a mirar la televisión.

  • —No las digo más.

Pensé que la conversación había terminado. Pero antes de mirar la pantalla agregó:

  • —Igual no se va a quedar tranquilo.

  • —¿Quién?

  • —Él.

  • —¿Por qué?

  • —Porque está buscando algo.

Y dicho eso siguió mirando la tele como si nada hubiera pasado.





Yo no sabía si salir corriendo o ponerme a llorar. La conversación había terminado, pero las palabras de Fede seguían resonando en mi cabeza.

Porque está buscando algo.

Los minutos que siguieron fueron eternos. El viento empezó a soplar con una fuerza inesperada. Las ventanas vibraban dentro de sus marcos y, cada tanto, un silbido atravesaba la casa como si recorriera los pasillos. La tormenta finalmente había llegado. Y todavía tenía que cerrar el ventanal que daba al jardín. Intenté distraerme mirando el celular, la televisión, cualquier cosa. Pero cada pocos segundos terminaba observando el pasillo. Esperando algo, o a alguien.

—Fede —dije finalmente—. ¿Me acompañas a cerrar la ventana?

—Sí.

Se levantó de la cama sin protestar. Atravesamos el pasillo y llegamos hasta el ventanal. La lluvia ya golpeaba los vidrios. Pero antes de que pudiera cerrarlo, Fede se quedó quieto mirando hacia el jardín.

—¿Qué pasa?

No respondió, abrió la puerta corrediza y salió.

—¡Fede!

Lo seguí de inmediato, no quería quedarme sola dentro de la casa. Lo encontré parado bajo la galería, mirando hacia el quincho. La lluvia caía cada vez con más fuerza.

—¿Qué estás mirando?

Fede no respondió.
Entrecerré los ojos intentando distinguir algo entre la oscuridad. Y en ese mismo instante, sin decir una palabra, salió corriendo de vuelta hacia la casa.

Me quedé inmóvil. Las luces de la casa empezaron a encenderse una por una. Primero las del pasillo, después las del living, después las del quincho.
Ya no veía a Fede.  La lluvia golpeaba el techo y el jardín parecía mucho más oscuro que unos minutos antes. No sabía si volver a entrar o quedarme donde estaba.

Entonces la vi.

Una figura alta, inmóvil, junto al quincho. No distinguía un rostro. Solo la sensación insoportable de que me estaba observando.
Quise apartar la vista, no pude.

—¡Madrina, madrina!

La voz de Fede me devolvió de golpe al jardín, estaba en la puerta corrediza. Me miraba como si llevara varios minutos llamándome.

—No lo encontró.

—¿Qué?

—Lo que vino a buscar.

Volví a mirar, la figura permaneció inmóvil unos segundos más. Y después desapareció entre la oscuridad.
Entre sin decir una palabra. Pocos minutos después regresó Maru.
No le conté nada, ni esa noche. ni ninguna otra.
Con el tiempo volví a ver aquella foto. La del hombre borroso detrás de todos nosotros. La observé buscando una explicación que nunca encontré.

Hoy sigo visitando la casa de Maru, pero nunca más me quedé sola. Evito sacarme fotos ahí, y cuando tengo que cruzar alguno de sus pasillos, todavía siento la necesidad de apurar el paso.


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