Fuera del mapa- la carretera en mallorca

A las cuatro de la mañana sonó el despertador. Había llegado el momento de volver.
Mallorca todavía dormía.
La noche anterior habíamos dejado las valijas listas y apenas habíamos pegado un ojo. Siempre me pasa lo mismo cuando viajo: me cuesta despedirme de los lugares que me gustan.
A las 4:20 ya estábamos en el auto, con el GPS encendido y la ruta marcada hacia el aeropuerto de Palma.
Mallorca tiene algo particular. Durante el día es una isla llena de vida, playas imposibles, pueblos de piedra color miel y caminos que parecen dibujados entre montañas y campos de olivos. Pero de madrugada se transforma en otra cosa.
Las carreteras quedan vacías.
Las rotondas aparecen iluminadas en medio de la nada como pequeñas islas de luz.
Y entre una rotonda y otra solo existe la oscuridad.

Nos esperaba una hora de viaje desde Cala Millor hasta el aeropuerto.
Durante varios kilómetros no vimos a nadie. Apenas algún camión perdido en la distancia y el reflejo de nuestros faros avanzando sobre el asfalto.
Éramos nosotros, la carretera y el silencio.

A unos cuarenta kilómetros de Palma, después de pasar una rotonda coronada por unas figuras humanas gigantes que emergían de la oscuridad, algo cambió.
Un frío repentino se coló dentro del auto.

Miré el GPS, la distancia restante había dejado de disminuir.
El tiempo estimado de llegada también se había detenido. Todo estaba congelado.
Como si el viaje hubiese quedado suspendido en un mismo instante.
Pensamos que quizás habíamos tomado un camino equivocado o que el GPS se había bloqueado. Avanzamos unos metros más hasta una zona un poco más iluminada y frenamos. Apagamos el auto y, con él, también se apagó el GPS. 

Volvimos a encender todo, nada cambió. La pantalla seguía encendida, pero ya no mostraba rutas, ni caminos, ni referencias. Era como si hubiéramos desaparecido del mapa.

Pensamos que el GPS simplemente se había vuelto loco.
Pero cuando miré mi reloj, sentí un escalofrío. La hora tampoco avanzaba.

Seguimos manejando con las luces altas, bastante más despacio que antes. Quizás por precaución. Quizás porque ninguno de los dos quería decir en voz alta lo que estaba pensando.
La carretera seguía vacía. Demasiado vacía.

A pocos metros divisamos un auto detenido sobre la banquina.
Reducimos la velocidad.
Por un instante pensé que podríamos pedir ayuda. Cuando nos acercamos, los faros iluminaron el interior. Había dos personas, sentadas adelante.
Inmóviles.
No llegué a distinguir sus caras, solo recuerdo una sensación extraña.
La impresión absurda de estar mirando algo conocido.
Demasiado conocido.

Pasamos de largo.

Unos veinte o treinta minutos después, cuando ya habíamos asumido que estábamos perdidos, una voz femenina nos hizo sobresaltarnos. El GPS acababa de volver a la vida.

- Una rotonda próxima
- Tome la tercera salida.


Como si nada hubiera pasado.

Lo extraño no fue que el GPS dejara de funcionar. Lo extraño fue que, después de todo ese tiempo manejando, seguíamos prácticamente en el mismo lugar.
La distancia hasta Palma apenas había cambiado.
Como si no hubiéramos hecho ni medio kilómetro, y eso era imposible.
Durante todo ese tiempo habíamos avanzado por una carretera recta.

Llegamos al aeropuerto, devolvimos el auto.
Subimos al avión. Y durante todo el vuelo seguimos intentando entender qué había ocurrido en aquella carretera oscura.

¿Y si el mundo dejó de funcionar?






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