No tomes ese avión
Caminaba por el pasillo que llevaba a los controles aduaneros, iba ansiosa pero feliz, a quien no le gusta escapar de la rutina? Hacer un viajecito, largo o corto.
Pase por el free shop, me probé todos los perfumes, me pedí un café y me fui a los sillones a esperar el llamado de mi vuelo.
Como había llegado muy temprano, y no había pegado ojo en toda la noche, me dormitaba mientras esperaba…
De repente me suena el teléfono, y pensé, qué raro a esta hora de la mañana, eran 5.30 supuse que debía ser algo extraño.
Era mi tía Marta, quien no tiene una en la familia? cariñosa hasta el exceso, religiosa, supersticiosa y convencida de que podía anticipar cosas que el resto no veía.
Supongo que querrá desearme un buen viaje:
- hola tía! Como va?
- hola hija, donde estás?
- Acá en el aeropuerto tía, te acordas que me iba este finde? A pasar el carnaval?
- Si mi amor, por eso te llamaba, no tomes ese avión, no me preguntes, pero no lo tomes
- Pero tía, ya estoy acá en el aeropuerto, ya reservé el hotel, en 1 hora sale el avión, que decís? No me asustes… que paso? Viste algo?
- Mi vida mi amor, lo sé… pero no quiero que te pase nada… perdón hija… te quiero
Después de esto, el sueño se me paso, corrí a la ventanilla de la empresa… les dije que me sentía mal, si había otro vuelo, y no, solo era ese.. sino al otro día, pero me cobraban una tasa altísima…
tenía una hora para decidir qué hacía…
Subía o no subía
Y si le hacía caso a la tía?
Cuántas veces me había dicho que me convenía hacer esto, que me convenía hacer lo otro, que la envidia, que el mal de ojo… Era incapaz de tirar una foto rota o un espejo sin hacer primero una oración.
No sabía qué hacer, caminaba de un lado a otro mientras intentaba convencerme de que estaba exagerando, pero el pulso no dejaba de aumentar. Sentía mi cuerpo cada vez más tenso, las piernas empezaron a fallarme, los minutos corrían, como flashes…
Llaman a la puerta de embarque, y yo estaba ahí… miraba a uno por uno de los pasajeros, Los miraba uno por uno.
La pareja que se besaba antes de embarcar.
El abuelo que acomodaba su valija.
Los chicos corriendo entre las filas.
El grupo de amigos que ya estaba festejando el carnaval.
Y no podía dejar de pensar que, si mi tía tenía razón, ninguno de ellos lo sabía.
La tristeza me cayó encima de golpe. Sentí un nudo en el pecho y las lágrimas empezaron a acumularse antes de que pudiera contenerlas. Me alejé de la fila y me refugié en el baño. Busqué en mi cartera la estampita que siempre llevo cuando viajo y la apreté entre las manos.
Intenté rezar.
Intenté respirar.
Pero el temblor no se iba.
Las manos me temblaban, las piernas apenas me sostenían y cada vez me costaba más distinguir si estaba asustada o al borde de un ataque de pánico.
Volví a sacar el teléfono, necesitaba escuchar la voz de mi tía una vez más.
Tia, ya me llaman para subir, que hago?
Que Dios te bendiga, buen viaje.. y que él sea el comandante, yo voy a rezar.
Bueno Tía, le dejé un mensaje a mami por las dudas, decile a todos que los amo.
Pase el portón, pero antes respondiendo un cuestionario de la chica que me había atendido antes en el mostrador… Me observó unos segundos de más. Supongo que intentaba decidir si estaba por viajar o por desmayarme.
Guarde mi equipaje, me senté.. y traté de no pensar en nada.
Se me venían mil imágenes a la cabeza, mi mamá, hermanos, sobrinos, mis amigas, las relaciones que no fueron y me hubiese gustado, pensé en quien me extrañaría, quien iría a despedirse de mi, quien lloraría en silencio.
Cerré los ojos, se terminaban de acomodar los últimos en entrar,
dieron aviso del cierre de la puerta, los compartimientos se iban cerrando,
mi respiración iba cada vez mas fuerte.
La azafata empezó a dar las indicaciones de seguridad.
Intenté no escuchar, no queria pensar.
Entonces sonó una alarma.
Primero a lo lejos.
Un pitido aislado.
Después otro.
Y otro más.
Pipi. Pi. Piiii.
Levanté la vista, miré a mi alrededor.
Nadie parecía escucharla.
La alarma seguía acercándose, cada vez más fuerte, más insistente.
Hasta que di un salto.
Era de noche, no entendía dónde estaba.
La alarma seguía sonando, a mi lado. Estiré la mano a tientas y encontré el celular sobre la mesa de luz.
Era el despertador.
Me quedé unos segundos inmóvil, intentando recuperar el aire.
Todavía tenía que llegar al aeropuerto.

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