Ventana roja

Boedo, viernes por la tarde, noche.

Me junté con Lean a tomar algo, un amigo que la vida me había presentado, para no decir, el mejor amigo de mi ex. Pero que en tiempos de libertinaje, lo ajeno es propio.

Llegue a su departamento cuando ya había oscurecido, había sido un día muy caluroso, y las nubes grises anunciaban lo que iba a ser una noche lluviosa.

Preparamos una picada y un par de tragos y mientras comíamos y tomábamos le conté sobre mis historias,historias que llegan como olas, rozan la orilla de mi lengua y después se retiran. 

Esta vez quería dejar de pensar en el amor como historia principal, quería escribir sobre cosas que raramente pasaban. Y nos dejaban sin habla. Él me escuchaba, me entendía y eso me hacía volar.

Entre tragos, risas y relámpagos, disfrutamos de la brisa suave que anticipa el temporal…. Al mirar para arriba, entre las nubes grises,  veo una ventana roja que llamó mi atención,  y que no pude dejar de mirar los siguientes minutos. Era de unos pisos más arriba, y era la única que estaba prendida y que acaparaba toda mi atención.

Algo me atraía de esa ventana. Sombras inquietas cruzaban de un lado al otro, como si alguien estuviera desesperado por encontrar algo. 

No estaba tranquila y empecé a sentirme mal, algo me angustiaba, algo que no sabía que era, este presentimiento de algo que iba a pasar, algo que venía experimentando desde hace algún tiempo… 


Cuando de repente Lean y yo nos miramos. No sé qué fue exactamente lo que nos hizo levantar la vista al mismo tiempo.
Por la ventana roja cayó algo, una forma oscura, desordenada, humana.

El impacto contra la terraza resonó en todo el edificio.
Nunca voy a olvidar ese ruido seco.

Después vino el silencio.
Y la sangre, extendiéndose sobre las baldosas, tiñéndolo todo de rojo.

Nos quedamos inmóviles, sin entender, sin reaccionar.
Estábamos frente a un cuerpo.
Alguien acababa de morir a pocos metros de nosotros.




Empecé a gritar y me aleje corriendo, Lean reaccionó mucho mejor que yo. Me alcanzó a los pocos pasos, me sacó de la terraza y me abrazó con fuerza mientras llamaba al 911. 

Yo apenas podía respirar, no quería volver a mirar, ni acercarme.
Tampoco comprobar que aquello seguía ahí.

Me quedé aferrada a él, escuchando su voz hablar con la operadora mientras intentaba entender qué acabábamos de presenciar.

Alguien había muerto frente a nosotros.
Y aunque una parte de mí quería salir corriendo de ese edificio y no volver jamás, tampoco podía dejarlo solo. Así que me quedé esperando.

Llegó la policía, me fui del departamento hacia la puerta del edificio, sin hablar, sin emitir sonido, me senté en la vereda. Se acercaron algunos vecinos pero yo no podía levantar la vista.

Al cabo de 15 minutos, que para mí fueron una eternidad, y pensando en lo que había visto, en lo que habíamos vivido, siento que me tocan la espalda y me sobresalto,  era Lean, y 2 policías con cara de no entender lo que pasaba.

Habían ido a revisar el departamento de arriba, el mismo de la ventana roja, y no habían encontrado nada, ni rastros de que allí había estado alguien, el cuerpo tampoco estaba en la terraza.

Yo no podía creer lo que me decían, lo había visto con mis propios ojos, esa mujer caer, ante nosotros. No entendía si estaba consciente de lo que estaba pasando… y Lean me miraba tan asombrado, sus ojos querían salir de su cara, no entendíamos lo que pasaba. Nos preguntaron si estábamos alcoholizados, o si nos habíamos drogado, creyeron que les habíamos tomado el pelo.

Después de todo el despliegue policial, del llamado de atención creyendo que nosotros habíamos inventado la historia y del chusmerío de los vecinos, se fueron.

Volvimos en silencio por el pasillo, antes de entrar, nos volvimos a abrazar… no tenía el coraje de dejarlo solo, ni el de dejarme ir.

Al llegar al departamento, antes de abrir la puerta, escuchamos al perro ladrar del otro lado. No era un ladrido normal, era insistente, nervioso. Como si estuviera reaccionando a alguien.

Nos miramos, Lean abrió la puerta.

El perro estaba parado en medio del living, mirando fijo hacia el sillón.
Ladraba al vacío.

A un punto donde aparentemente no había nada.

—¿Qué le pasa? —murmuré.

Lean no respondió.
Entonces el perro dejó de ladrar de golpe, movió la cola.
Como si hubiera reconocido a alguien.
Y recién ahí miramos hacia el sillón, la mujer estaba sentada observándonos pero esta vez no grite. 

Nos agarramos fuerte de la mano y nos quedamos en silencio.
Cerré los ojos con fuerza.
Lean volvió a abrazarme.

Automáticamente ella habló

-No tengan miedo, no voy a hacerles nada malo.


Abrí los ojos, el miedo seguía ahí, pero ya no era lo que más me preocupaba.
No sé por qué ninguno de los dos retrocedió. Nos quedamos quietos, observándola.

Ella no nos miraba.
Tenía el pelo sucio, una túnica gastada y los ojos perdidos en algún punto de la habitación que nosotros no podíamos ver.
Se pasó una mano por el cabello y empezó a murmurar.

—El siguiente paso no soluciona los problemas.

Hizo una pausa.

—La verdad ante todo. Siempre la verdad.

Volvió a quedarse en silencio.

—Pero nunca hay que entregarse del todo. Nunca darle todo a alguien.

Sus palabras parecían dirigidas a otra persona.  O a un recuerdo.

—Después viene el vacío. Y con el tiempo, una se vacía también.

La observamos sin atrevernos a interrumpirla.

—La vida es eso que esperamos... y mientras esperamos, la vida se va.

Entonces bajó la mirada.

—Y él no volvió.

Su voz se quebró apenas.

—Nunca volvió.

Se quedó callada unos segundos.

Después nos miró por primera vez y sonrió.
Era una sonrisa suave, casi tierna. La sonrisa de alguien recordando a la persona que más amó.

—No mueran por amor.

El perro ladró, nos sobresaltamos, y salió corriendo hacia el pasillo
Cuando volví la vista al sillón, ella ya no estaba.
Nos quedamos en silencio.
Con su última frase.
Con la sensación de haber escuchado algo que no estaba dirigido a nosotros.
Esa noche al fin terminó, y la vida siguió.

Nunca más volví a ver a Lean.




De las pocas ventanas encendidas

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